
MagrebEl rey Mohamed VI de Marruecos se ve impulsado por el padrinazgo de Donald TrumpEl soberano alauí festeja su aniversario en el trono como gran aliado de Estados UnidosCompartir 1 comentarioEl rey de Marruecos, en la recepción ayer en M'diq.E. M.Eduardo ÁlvarezSEGUIR AUTORActualizado Jueves, 30 julio 2026 – 22:38AÑADE EL MUNDO EN GOOGLEHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedasMonarquía Las maniobras diplomáticas que coronan al rey Mohamed VI en el Sáhara Occidental Mohamed VI se entregó a un ejercicio de autocomplacencia en el discurso a la nación con motivo del Día del Trono con el que Marruecos conmemoró ayer su 27º aniversario como rey. El monarca de la dinastía alauí presumió de la estabilidad del país como "fuerza estratégica" frente a las turbulencias regionales, destacó el fuerte crecimiento económico -un 4,9% en 2025, con previsión de que este año se iguale o mejore la tasa- y subrayó la consolidación marroquí como "un actor internacional fiable, respetado y escuchado".Muchos marroquíes echarían en falta en la alocución referencias a los extraordinarios problemas que aquejan al reino, como la profunda brecha de la desigualdad, la corrupción institucional endémica o el grave problema de desempleo juvenil. De hecho, el malestar social en Marruecos está tan extendido que a finales de 2025 tuvo lugar el último gran estallido ciudadano, las masivas protestas de la llamada generación Z que se extendieron en todo el país y con las que sobre todo los jóvenes denunciaron la compleja situación económica, el enorme deterioro de los servicios públicos y el hecho de que la Administración esté concentrando sus grandes inversiones en infraestructuras para megaeventos como el Mundial de fútbol 2030 -ya acarician arrebatarle como sede la final a España- mientras se descuidan sectores como la educación y la sanidad.Y, con todo, Mohamed VI está disfrutando de una Fiesta del Trono especialmente plácida porque los problemas sociales en el reino parecen ocupar un segundo plano mientras la Monarquía saca pecho por el avance en su irrenunciable objetivo de la consolidación de la marroquinidad del Sáhara -el gran factor transversal de cohesión interna y que espolea como ninguna otra cosa el nacionalismo-, así como por el inmejorable momento que atraviesa la relación de Rabat con Washington.En realidad ambas cosas van unidas. La sintonía y la alianza estratégica forjada entre Mohamed VI y el presidente de EEUU han llevado a Marruecos a un inédito protagonismo geopolítico que permite al rey tan desmesurada autocomplacencia. A punto de concluir su primer mandato, a finales del año 2000 Trump anunció que reconocía la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, un giro en la política de tintes neutrales que Washington seguía desde hacía décadas respecto a la antigua colonia española. Biden, a pesar de no significarse apenas respecto a la cuestión saharaui, tampoco desanduvo el terreno pavimentado por su predecesor. Pero fue la vuelta de Trump a la Casa Blanca lo que constituyó el triunfo definitivo para las aspiraciones de Rabat.La maquinaria diplomática estadounidense no cesó hasta conseguir que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobara en otoño una resolución que representaba la última gran traición al pueblo saharaui y suponía una victoria extraordinaria para la pretensión territorial marroquí, al abrazar la idea de que una autonomía para el Sáhara Occidental bajo soberanía marroquí "podría constituir una solución viable" al conflicto que se prolonga desde hace ya más de medio siglo. Todo en un contexto en el que distintas naciones, incluidas España o Francia, han claudicado en la misma dirección, y más recientemente muchos países africanos también están alineándose con Rabat, tanto por la eficaz diplomacia de chequera, como por el peso de la posición estadounidense.Pese a que el contencioso siga abierto, Rabat ejerce de facto su plena soberanía sobre el Sáhara occidental, una entidad cada vez más diluida en los
Fuente: El Mundo — Ver nota original